miércoles, 4 de mayo de 2011
Meeting on Gornje Bare
miércoles, 21 de julio de 2010
La gran mentira de los Balcanes
Ahora, a casi 20 años vista de aquel conflicto, comprobar día a día cómo la información fue manipulada y cómo los hechos fueron orquestados por intereses de Europa y los Estados Unidos le sumen a uno en un estado de catarsis que nos provoca la duda de qué fue verdad y qué fue mentira en las mal llamadas “guerras yugoslavas”, y términos como limpieza étnica, genocidio de Srebrenica o masacre del mercado de Sarajevo, marcados a fuego en nuestras mentes, adquieren una dualidad que resulta una falta total de respeto para con la historia.
Las desavenencias entre estas tres nacionalidades venían de siglos atrás, pero la entrada en escena de recalcitrantes nacionalistas como Slobodan Milošević, Franjo Tuđman y Alija Izetbegović precipitó un holocausto que con unos dirigentes menos apasionados, y sobre todo más honrados, podría haberse evitado.
Pero los instigadores del conflicto necesitaban al malo de la película, y el rol le fue rápidamente adjudicado (tampoco negó méritos) a Serbia-Yugoslavia.
Así, los dirigentes croatas y musulmanes fueron presentados como víctimas, pero la realidad era bien distinta: en Croacia Franjo Tudjman se apresuró a cambiar los nombres de las calles que llevaban el nombre de luchadores antifascistas, restableció la bandera del régimen fascista ustashi de 1941 y modificó la Constitución para comenzar la expulsión de los serbios. En Bosnia, Izetbegovic, un ex colaboracionista nazi que basó su triunfo en su "Declaración islámica": "No existe paz ni coexistencia entre la religión islámica y las instituciones sociales y políticas no islámicas."
Instauró un régimen corrupto y mafioso, basado fundamentalmente en un lucrativo mercado negro y en el desvío de la ayuda internacional. Con la bendición de Washington permitió la entrada de mercenarios islamistas, especialmente a Al Qaeda, en apoyo de la causa musulmana. Según la periodista británica Eve-Ann Prentice «en noviembre del 94 me encontraba con un colega del Spiegel en la antesala del despacho del presidente de Bosnia, Izetbegovic. Vimos entrar a Osama Ben Laden con escolta en el despacho de Izetbegovic.» Una vez empezada la guerra, se cometieron crímenes terribles en los tres campos, pero al ocultar estos antecedentes se lograba que la situación fuera incomprensible.
Nuestra labor no consiste en comprobar las informaciones. No estamos equipados para ello. Nuestra tarea es acelerar la circulación de las noticias que son favorables para nosotros y guiarlas hacia círculos cuidadosamente escogidos. No afirmamos que existan campos de exterminio serbios en Bosnia. Sólo nos encargamos de que todos sepan que es Newsday el que ha lanzado esa información. No nos pagan por sermones morales. (1)
El asunto al que se refiere Harff fue la publicación, orquestada por el polémico político francés Bernard Kouchner (entonces miembro de "Médicos sin Fronteras"), de unas imágenes en las que se presentaba a famélicos prisioneros de guerra bosnios tras unas alambradas en lo que se identificó como un campo de exterminio.
Pero no sólo de la invención de información se nutrió la gran mentira de los Balcanes: en ocasiones fue la omisión de información la que manipuló hechos ya de por sí suficientemente dramáticos como para tergiversarlos, y uno de estos hechos, aunque distorsionado, pasó tristemente a la historia: la masacre de Srebrenica.
A pesar de que es probable que aquel proyectil procediese de posiciones serbias, la precipitación con que los principales implicados acusaron a los serbios, aún existiendo dudas al respecto, provocaron que distintos medios hayan calificado la masacre del Markale como un ataque de bandera falsa.
Los medios de comunicación occidentales ofrecieron versiones sensacionalistas de las matanzas y no dudaron en omitir toda la información que las acompañó, recurriendo al truco fácil de presentar a los serbobosnios como asesinos sanguinarios y a los musulmanes como víctimas desvalidas de estos sucesos, obviando toda alusión a los acontecimientos anteriores y posteriores a las masacres en sí. Francamente, sin la “cooperación” de personajes como Mladic, Karadzic o Milosevic, los mass-media habrían tenido harto complicada esta asignación de roles, pero su poca diplomacia lo puso más bien fácil.
Dejaré para otro capítulo, porque merece un estudio aparte, la intervención “occidental” en Kosovo, donde los mismos instigadores utilizaron su experiencia en Bosnia para realizar la misma jugada, con idénticos resultados, aunque dejando más al descubierto sus tácticas.
Más información:
- Veiga, Francisco: La trampa balcánica. Grijalbo, 2002. ISBN 8425336635
- Pizarroso Quintero, Alejandro: Nuevas guerras, vieja propaganda: de Vietnam a Irak. Universitat de València, 2005. ISBN 8437622700
(1) Pizarroso Quintero, Alejandro: Nuevas guerras, vieja propaganda: de Vietnam a Irak, pp. 187
(2) Slobodna Bosna, Sarajevo, Bosnia-Herzegovina, 14 de julio de 1996
lunes, 28 de junio de 2010
Badajoz-Srebrenica: medio siglo de genocidio en Europa
Ratko Mladić y Juan Yagüe son dos militares de carrera, considerados brillantes en el transcurso de sus respectivas carreras. Yagüe se había curtido en la Guerra de Marruecos y tuvo un papel decisivo en la Guerra Civil Española. Cuando murió en Burgos, en 1952, Mladić tenía 10 años y era huérfano de un partisano serbio que cayó en una escaramuza contra los ustashi, en el marco de la Segunda Guerra Mundial. Cinco años después ingresó en la academia militar, progresando en el Ejército Popular Yugoslavo hasta convertirse en General en jefe del ejército de los serbios de Bosnia. Ambos personajes pues, es poco probable que coincidieran, pero acabaron protagonizando dos de los episodios más horripilantes de la historia del viejo continente.
Ratko Mladić y Juan Yagüe
Badajoz era en 1939 capital de una comarca agrícola de aquella Extremadura profunda. Con 41.122 habitantes, la época que precedió a la Guerra Civil Española vivió allí la rebelión del campesinado contra los terratenientes, la expropiación de las tierras de los señoritos y la represión contra la iglesia católica. Era, pues, un feudo de los parias de la tierra. A 2.240 km en línea recta se encuentra Srebrenica (la ‘ciudad de la plata’ o Argentaria de los romanos que explotaron sus minas), encajonada entre las montañas del este de Bosnia y con la madera de sus bosques y sus aguas medicinales como únicos recursos. Cuando empezó el conflicto yugoslavo, los guerrilleros de Naser Oric expulsaron o eliminaron a la población serbia, quedando sólo los musulmanes, (unos 50.000 con los refugiados de otras regiones) herederos religiosos de la ocupación turca.
El contexto del conflicto civil español y el yugoslavo tuvieron muy poco que ver, y sucedieron en dos períodos históricos radicalmente distintos. Si en la España de los años 30 lo provocaron divisiones sociales y políticas, en los Balcanes de los 90 intervinieron decisivamente factores religiosos y nacionales, especialmente en Bosnia. Pero un factor común alentó el genocidio y encendió la mecha que explotó en sucesos espeluznantes: el odio. El odio engendrado por generaciones. El odio irreconciliable entre formas de vida distintas, y sobre todo, el odio instigado por políticos que condujeron a quienes supuestamente debían representar a las más horribles situaciones de la historia moderna de Europa.
Las tropas de Juan Yagüe tomaron Badajoz el 14 de agosto de 1936. Tenía bajo su mando 2.250 legionarios y 750 regulares marroquíes que asaltaron la ciudad amurallada ante la inútil oposición de las pobremente equipadas milicias republicanas que la defendían. La ciudad era objetivo estratégico de los fascistas, pues abría un pasillo que comunicaba sus grupos de ejércitos del norte y del sur del país. En esa fecha, Srebrenica pertenecía al Reino de Yugoslavia, y su población agrupaba a serbios y musulmanes dedicados a labores agrícolas y forestales. 56 años más tarde, ambas etnias se convirtieron en enemigos irreconciliables, que alternativamente eran expulsadas por la otra de su centenaria ciudad. El 11 de julio de 1995, a pesar de que había sido declarada zona segura por la ONU, y de que un batallón neerlandés de UNPROFOR protegía a la población civil, el ejército de los serbios de Bosnia, al mando de su comandante en jefe, el general Ratko Mladic, devastó las defensas de la Armija (el ejército de Bosnia y Herzegovina) y tomó la ciudad, uniéndola al territorio bajo control serbobosnio.
El destino de la población civil en ambos casos corrió por cuenta de decisiones superiores. A pesar de que siempre se trata de otorgar al paroxismo del momento la responsabilidad en estas masacres, ambas tuvieron claros instigadores: en España, los directores del golpe de estado, Francisco Franco, Emilio Mola, y especialmente el sádico Gonzalo Queipo de Llano, promovieron una campaña de ejecuciones masivas que tenía como objetivo purgar el país concienzudamente de izquierdistas y sembrar el terror entre aquellos que todavía resistían. En la nueva República de Bosnia y Herzegovina, el líder de la minoría serbia, el doctor Radovan Karadžić, proclamó la República Serbia de Bosnia como hogar de todos los serbios que no aceptaban la soberanía bosníaca. La heterogeneidad étnica del nuevo estado convirtió la limpieza étnica en práctica habitual de los contendientes, que llevaron a cabo el traslado forzoso de millones de personas. De Karadžić partió la orden directa de la toma de Srebrenica. ¿Fueron Yagüe y Mladić meros ejecutores de una sentencia ya dictada? Por supuesto que no.
Lo cierto es que, más allá de las guerras de cifras, de la influencia de la propaganda, del negacionismo y del revisionismo, en ambas ciudades fue exterminado un porcentaje de población civil que puso sus nombres en la página más negra de la historia. Ser ‘’rojo’’ aquel infausto día de agosto en Badajoz fue el delito por el que entre 2.000 y 4.000 personas fueron fusiladas, incineradas y sepultadas. En la montañosa ciudad de Bosnia oriental, ser mayor de edad, varón y musulmán fue el pretexto por el que las tropas de Mladic y paramilitares serbios quitaron la vida a 8.100 personas y las sepultaron en un radio de 20 km.
En ambos casos, la prensa recogió sendas declaraciones de intenciones que no dejan lugar a la duda sobre la implicación de los directores de orquesta, antes:
“Aquí estamos, el 11 de julio de 1995, en la Srebrenica serbia, justo antes de un gran día para Serbia. Entregamos esta ciudad a la nación serbia, recordando el levantamiento contra los turcos. Ha llegado el momento de vengarse de los musulmanes” Ratko Mladic, a la televisión serbia.
Y después:
“Por supuesto que los matamos. ¿Qué esperaba usted? ¿Que iba a llevar 4.000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?” Juan Yagüe, al periodista John T. Whitaker
Pero la guerra no se inventó en la España del ’36: ya existía; y como alguien trató de recordarnos, es algo inherente al hombre. Lo que no existía fue ese ensañamiento que practicaron contra la población civil los sublevados contra la II República Española. No al menos, en la dimensión mediática que alcanzó la masacre de Badajoz. Cierto es que el holocausto armenio ya se había producido, pero su ocultación y menor cobertura mediática lo relevaron a un segundo plano hasta estudios más modernos. El holocausto nazi en la Segunda Guerra Mundial asombró al mundo y propició el camino para redactar unas leyes que condenasen la eliminación sistemática de un grupo nacional, étnico, racial, político o religioso, legislándolo con el término genocidio y considerándolo un crimen contra la humanidad no prescriptible. En 1995 Srebrenica desempolvó el libro del horror y recordó a la moderna Europa que la amenaza estaba a la vuelta de la esquina. Como sensatamente dijo Karl von Clausewitz, (uno de los estrategas militares más grandes de todos los tiempos) la finalidad de la guerra es desarmar al enemigo, no exterminarlo.
miércoles, 2 de junio de 2010
La verdadera historia de Miss Sarajevo
En noviembre de 1995 la mítica banda irlandesa U2 cautivó al mundo con un tema compuesto para llegar al corazón. La canción Miss Sarajevo formaba parte del proyecto Passengers, con el que el cuarteto dublinés experimentaba nuevos mundos musicales en compañía de músicos de su entorno. Miss Sarajevo era una balada espiritual en la que una estrofa interpretada en italiano por el genial Luciano Pavarotti ponía la guinda a una composición que encerraba una dramática historia real: la de un grupo de ciudadanos que, durante el terrible asedio de Sarajevo que durante 1992 y 1996 costó la vida a 10.000 personas, tuvieron la iniciativa de organizar un concurso de belleza en un sótano como símbolo de resistencia a la guerra.
En el videoclip de la canción aparecían un grupo de jóvenes participantes con una llamativa pancarta en inglés: "Don't let them kill us" (No dejéis que nos maten), y después una guapa jovencita rubia emocionada al recibir su corona. Pronto la imaginación popular creó la leyenda urbana de que la vencedora de aquel concurso murió víctima de los disparos de un francotirador. Es curiosa la necesidad (o la mala intención) de la mente humana de crear finales trágicos para historias tan hermosas.
Fuera de la legendaria tragedia se esconde una historia que se desarrolló en la histórica capital bosnia en la primavera de 1993. La disolución de Yugoslavia precipitó una sangrienta guerra civil donde unos por buscar su independencia y otros por impedirla, convirtieron los Balcanes en un campo de batalla no visto en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Por entonces, la ciudad era machacada día y noche desde las colinas que la rodean por la artillería del doctor Radovan Karadžić, arquitecto del genocidio bosnio en nombre de la unidad de los serbios de Bosnia. Para completar la faena, los famosos snipers, francotiradores apostados en edificios por toda la ciudad que convertían el simple hecho de salir a comprar el pan en un riesgo mortal, convertían la vida en la ciudad en lo más parecido al infierno de Dante.
La idea de organizar el concurso de belleza ''Miss Sarajevo 1993'' partió de un grupo de sarajevitas empeñados en mantener la vida de la ciudad, y de mostrar al mundo que la penitencia a que eran sometidos a diario no podría con sus deseos de vivir. Pero toda esta historia no hubiera sido posible sin la presencia del director norteamericano Bill Carter, un personaje muy involucrado en el conflicto bosnio y que planificó la grabación del certamen en un vídeo que mostrase al mundo las condiciones que estaban soportando los habitantes de la ciudad sometida al asedio más largo de la historia moderna.
Y aquí apareció Miss Sarajevo. Inela Nogić era una joven y guapa musulmana del barrio sarajevita de Dobrinja, conocido como little Hiroshima por el nivel de destrucción que lo asolaba, y que se presentó al concurso animada por su madre. Las condiciones en que se realizaron los ensayos previos, realizados en el sótano donde se desarrolló el concurso, también fueron grabadas por la cámara de Carter. Estas imágenes fueron proyectadas en distintos conciertos de U2 durante su gira Zoo TV Tour. Carter había convencido a Bono, conmocionado por los sucesos de los Balcanes, de la repercusión de emitir estas imágenes durante sus conciertos. Y ahí apareció la imagen que dio la vuelta al mundo: las participantes en el concurso con la pancarta con el Don't let them kill us que encogió los corazones de los espectadores y se convirtió en un símbolo de la resistencia al asedio. Después, la emoción de la joven Inela al recibir la corona hizo el resto.
En 1995 Bill Carter montó su célebre documental con las imágenes grabadas en Sarajevo, narrado por una simpática niña bosnia, Alma Catel, que se convirtió en parte de la historia. Como banda sonora, U2 compuso la mítica Miss Sarajevo, a la que Pavarotti encumbró con su estelar aportación.
Pero... y qué fue de Miss Sarajevo?. Aunque la imaginación popular pretendió darle un final trágico fulminada por un francotirador, es muy probable que, paradójicamente, aquel concurso salvase la vida de Inela Nogić. Porque aquella mágica noche del 29 de mayo de 1993, muchas puertas se abrieron para la joven sarajevita. Gracias a aquel certamen, Nogić conoció a un periodista holandés 11 años mayor que ella, con quien estableció una relación y con quien se fue a vivir a Holanda un año después, dejando atrás el infierno de la guerra.
Y en 1997 se cerró el círculo cuando U2 visitó Sarajevo dentro de su gira PopMart Tour en un concierto que pasará a los anales de la historia. La banda irlandesa se puso en contacto con Nogić, que se encontraba en Francia trabajando como modelo, y la trasladó desde Niza en su avión privado como invitada especial al evento. Allí, recibidos por la fuerza militar internacional que aún protegía la ciudad, realizaron un tour por la ciudad en un automóvil en el que Bono le cantó Miss Sarajevo. Nogić asistió como invitada especial a un concierto que se convirtió en la presentación mundial del nuevo Sarajevo.
The Edge, Inela Nogić y Bono, en el auto en el que recorrieron las calles de Sarajevo en 1997.
Tras finalizar sus estudios de diseño gráfico, Nogić (que tiene dos hijos y se separó del periodista neerlandés) ha establecido su residencia en Ámsterdam, donde el año pasado concedió una entrevista para un portal bosnio de internet. Cuando le preguntaron qué sintió en el momento en que fue elegida miss, declaró "Feliz. Aunque tampoco era consciente de lo que estaba pasando" Dieciséis años antes, y a la pregunta de qué planes de futuro tenía tras su victoria, fue más tajante: "No tengo planes. Podría estar muerta mañana".
Inela Nogić, en 2009, en una entrevista para un portal bosnio de internet.
Es esta una extraordinaria historia real. A veces, nos empeñamos en buscar finales trágicos para historias que realmente son maravillosas. Y la de Miss Sarajevo lo es, aún más que la canción que la convirtió en mito.